En mi casa cuando hablamos de
familia, nos referimos todos los miembros que la formamos, sin olvidar a nadie,
nada de padres e hijos, familia incluye padres, hermanos, abuelos, tíos, hijos,
nietos, sobrinos y primos. Familia somos todos, sin olvidar a nadie.
Es reconfortante lo unidos que
hemos estado siempre, la confianza que reina, que unos depositamos en otros, el
saludable hábito de ayuda, la gratitud, las risas de felicidad. Tengo la suerte
de ser participe en este círculo. Desde que yo nací ha sido así, y desde luego
que ha habido algún momento peor, pero todo pasa, y nos quedamos con lo mejor.
Dicen que la familia requiere un
esfuerzo, una entrega, un dar constante, y sin embargo a mí nunca me lo ha
parecido. Para mí el cuidado de la familia es simplemente ser uno mismo, simplemente
que uno de lo mejor de sí mismo a los que llevan toda su vida dándole tanto. A
mi parecer eso no es un esfuerzo o una tarea, simplemente sale solo ayudar a tu
hermano, ir a recoger a tus primos de la escuela, dar gracias a tu tío, ponerle
la mesa a tu abuela… y todo ese tipo de tareas diminutas que ayudan a que esto
siga adelante. ¿Por qué ha de suponerme
esfuerzo algo que llevo toda la vida haciendo?
He aquí la clave de todo ello, la
educación. A quien educan con un valor o con un hábito, llevarlo a cabo no le
supone apenas esfuerzo, porque es algo que hace en su vida cotidiana. Cojamos
un ejemplo más cercano para explicarlo como el hecho de ser ordenado, a quien
sus padres les enseñan a ser ordenado y lo toma como hábito, no le cuesta nada
recoger su habitación día a día. En el otro extremo encontramos a esa persona
desordenada, que siempre le da pereza recoger. De hecho el pro de todos los
malos hábitos es la pereza, que solo hace que cada día te cueste más ordenar tu
habitación porque cada día la tienes más desordenada y tienes más cosas que
recoger. Es un círculo vicioso del que solo se sale con empeño. La adquisición
de hábitos facilita la realización de una tarea, no es necesario poner tanto
empeño o fuerza de voluntad, puesto que se trata de una conducta habitual. Lo
mismo sucede con virtudes como la gratitud, la amabilidad, el apoyo y ayuda a
los demás entre otras, una vez adquiridas no supone esfuerzo ponerlas en
práctica, salen solas.
Hay que tener en cuenta que a la
familia también le ha costado trabajo y firmeza educar a todos los allegados, y
que aunque diga que a mí no me supone trabajo, supongo que en su día la
adquisición de hábitos y valores algo de trabajo me supuso. También partía de
una excepcional base, la buena relación que ya mis abuelos crearon en el
entorno familiar; en realidad la calidad familiar proviene de la preocupación y
el esfuerzo de la figura de mi abuela, sin duda, con la educación otorgada a
sus hijos, y la respuesta que recibió de estos cuando cada uno de ellos aportó su
granito de arena.
No quiero que se malinterprete el
hecho de que no suponga esfuerzo con que no sea necesario hacer nada para que
la familia vaya viento en popa. A la familia, por supuesto, hay que cuidarla,
visitarla con la frecuencia que sea posible, organizar eventos juntos como
cumpleaños, compartir las Navidades... En definitiva, hay que dedicarle tiempo,
como a todo en esta vida. Y no solo compartir momentos, sino compartirlos con
lo mejor de nosotros mismo con ilusión, amabilidad, gratitud, con todo lo que
cada uno como la persona diferente y única que somos, podamos aportar a este círculo
familiar, haciendo de él una fuente de confianza y apoyo constante.
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