La vida es una consecución de días repletos de
oportunidades y circunstancias. Cada cual elige, la moldea, dándole su particular forma y
sentido. En el siglo presente, al parecer el siglo del estrés, los días de las
personas se han convertido en una sucesión de tareas, obligaciones, eventos,
etc., que limitan, en muchos casos, a la persona en realización de las mismas.
La competencia está en auge, cada persona se dedica al
cultivo exclusivo de habilidades y aptitudes, a la mejora y formación de uno
mismo, ocupando totalmente el tiempo con
ello. A la par, el ferviente consumismo llena los pensamientos, invade esa parte
susceptible del cerebro y convierte el consumo en un impulso, una supuesta
necesidad que creemos real. El inconformismo humano nos caracteriza y nos lleva
a gastar tanto en lo que ni tan siquiera necesitamos.
Se trata de una postura radical, en la que no se puede
incluir ni a la mayoría de jóvenes ni incluso a la sociedad en general. Parece
imposible negar el ritmo de vida acelerado que lleva la sociedad, paso ligero por las
calles, auge de la comida rápida, resolución instantánea y de dudosa eficacia
de problemas, etc. Aunque la competencia y el consumismo no es un rasgo tan característico, o al menos no tan notable, están ahí, latentes, hasta
que un día despiertan. Son característicos de momentos o temporadas concretas
de la vida, en los que la persona se centra perseverantemente en la mejora de
si misma o en la exclusiva adquisición de bienes.
Convertirse en un buen médico o arquitecto, hablar chino con
soltura, tener un master en informática, etc. La superación y mejoría de uno
mismo da satisfacción y seguridad, y ello conduce a la felicidad, pero quizás
nos olvidemos de algo. Por otro lado lo material proporciona un determinado
estilo de vida, y aunque pueda conducir a la felicidad, se tratará de una
felicidad tan efímera que se desvanecerá al poco tiempo.
Centrar la vida en otros aspectos, implica en ocasiones
olvidarse de lo realmente importante, las personas. Acostumbrase a la presencia
del resto y dejar de interaccionar o preocuparse por su vida. La verdadera
felicidad radica en las relaciones entre
personas, uno no es feliz por si solo, sino con los demás. Por ello es importante
cuidar de las relaciones, ser cordial, amable, agradecido, ayudar… La felicidad
es el objetivo final de todo ser, y conseguirla está en las manos de cada cual,
en el trato con los demás.
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